Un aspirante a escritor soñaba con realizar una maravillosa novela incompleta. Imaginaba las últimas cincuenta, o trescientas dieciocho, inexistentes páginas entregadas a borradores lagunosos; saboreaba la brusca interrupción de una trama enrevesada sobre el precipicio de una última página que última no era. Empezó a escribir, pero, por no saber dónde extraviarse, siempre llegaba a destino. Así, mientras una sorda frustración iba apoderándose de él, completó varias obras de destacada importancia: pues dejó de ser aspirante. Tras años de reflexión y otros libros concluidos, logró elaborar un sutilísimo método que conferiría a su Obra la natural indeterminación que sólo una muerte súbita puede otorgar. Pero el método era tan perfecto que no se dejaba describir: todo intento de hacerlo acababa miserablemente en la nada.
Falleció casi centenario, todavía sumido en los recovecos de su laberinto, mientras los demás, despreocupados de todo, gozaban inexplicablemente de los descartes completos de su ingenio.
Muy interesante. Una moraleja tan real como la voida misma; las mejores cosas que somos capaces de hacer somos incapaces de apreciarlas nosotros mismos… o visto de otro modo, lo que la gente más valora de nosostros no es necesariamente lo que más nos llena en la vida.
Fins aviat!
¿Para cuándo un nuevo micro-relato?
Como cada cosa que he leido de ti, una vez mas, un relato cargado se suma originalidad. Siempre me encanta.
Mil besos.