¿Sabes? Acabo de perder las llaves en la calle, por eso he tocado el timbre: eso le digo, ahora se lo digo. He llegado a la puerta, rutinaria pesquisa de los bolsillos, y me he dado cuenta, contrariado sólo hasta cierto punto (pero la frase va a quedar oculta para siempre en el capaz doble fondo de mi cabeza) porque habían alzado el vuelo: y no sabiendo, las llaves, volar, deben de habérseme caído. Sí, ya sé que es peligroso perder las llaves así, por la calle, pero créeme, no va a entrar ningún malintencionado. Una llave suelta en la acera es como una respuesta sin preguntar. Y en todo caso, estaba a punto de decirte, no ha sido en aquel momento cuando acepté, muy a mi pesar, el plan de emergencia de tocar el timbre: ante la puerta que seguía cerrada, interrogativa o indiferente, tal vez ambas las cosas, he dado marcha atrás y he ido inspeccionando al revés mis pasos hasta llegar a la puerta de la panadería, escrutando la acera, considerando sus grietas anónimas con la resignación de un quiromántico que se ve obligado a sacar alguna proyección de futuro de un puño cerrado. Se habrán caído cerca de un árbol, uno de esos arbolitos cutres encajados en su cuadradito de tierra oscura, quién sabe. Quién diablos sabrá por qué los plantan, tienen toda la pinta de malas justificaciones, excusas sin pies ni cabeza, esas breves interrupciones en el cemento no le engañan a nadie. Tú en cambio, tuviste claro enseguida que te estaba tomando el pelo, procurando mientras lo hacía, entender cómo hacerlo, como a la espera de un manual de instrucciones… Te habías enterado de que te traicionaba, ¿verdad? Soy un mentiroso principiante, al fin y al cabo, y la práctica continua no me ha mejorado mucho. Igual no sabía cómo explicártelo, así que elegí el camino de la mentira mal actuada: el mensaje parece haber llegado igualmente. Y ahora podría decirte, o tal vez no, tal vez no te diga nada de todo esto, que perder las llaves ha sido un despiste providencial: así no tendré que devolvértelas por última vez. Y cuando he entrado en casa, con el pan ya frío en la mano , me he sentido como si me asistiera la razón aunque estuviese equivocado. Esa baguette ha sido la última cosa en el mundo que me ha otorgado el derecho a entrar en esta casa. Mañana me voy como corresponde y, no, ya lo tengo claro, no te debo ninguna explicación. Ya son todas superfluas. El pan lo dejo donde siempre, ¿no?