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Archive for aprile 2008

Avrei voluto scrivere riflessioni più approfondite sul tracollo elettorale della sinistra. Una situazione lavorativa caotica è la scusa che mi sono dato per non sistematizzare l’amarezza che mi porto dentro, parzialmente anestetizzata dalla distanza geografica, ma tuttora fortissima.

Nel frattempo però, si è consumata anche la bruciante sconfitta delle amministrative romane. Adesso, parafrasando una canzone di Luis Eduardo Aute assai nota qui in Spagna, “dopo la notte, verrà la notte più lunga”. Adesso il capolavoro di macerie approntato con strabiliante rapidità da questo centrosinistra nuovo e moderno, insipido e flaccido, è completo. Roma sarà governata dall’ex missino Gianni Alemanno. E di fronte all’esito delle provinciali, che hanno visto imporsi il “diessino” – mi tocca virgolettarlo – Zingaretti, non può che crescere l’insofferenza verso i grossi calibri del PD. Per quanto mi riguarda, non resta in piedi neppure quella conciliante mezza verità, che per tanto tempo ci ha consolato, secondo la quale gli italiani preferiscono farsi governare dalle destre ma amministrare dalle sinistre. Provincia o no,  non vedo nessun risarcimento locale, per quanto sommario, alla catastrofe delle politiche: il risultato della città oscura inevitabilmente quello della provincia.  

E mentre molti, ora,  festeggiano col saluto romano, si ridimensiona inevitabilmente anche la portata del cosiddetto suicidio politico di Alleanza Nazionale che se da un lato si è lasciata allegramente cannibalizzare dal PdL, dall’altro ottiene ora un risultato dalle fortissime implicazioni simboliche. Dal canto suo Berlusconi, forte della perfetta riuscita di quel trucco da prestigiatore che è proprio il PdL, gongola e ne approfitta per ricordarci che in nessuna delle grandi democrazie c’è un distacco così accentuato fra maggioranza e opposizione. Poche storie, hanno fatto saltare il banco, e a nulla serve precisare che la nostra Democrazia è in realtà assai deboluccia e guardata con sospetto dall’Europa tutta. Questi sono i fatti: la gente li vuole votare.

O forse, e qui sta parte dell’atroce verità, non vuole votare quegli altri, e i sessantamila voti di differenza fra Zingaretti e Rutelli nel solo territorio cittadino legittimerebbero questa conclusione. Rutelli è stato due volte sindaco, d’accordo, conosceva già a menadito il Campidoglio e l’ubicazione delle macchinette del caffé: si è pensato di ricandidarlo, credendo che i due mandati precedenti costituissero un viatico più che sufficiente; la valutazione si è rivelata grossolanamente errata. Il bel Francesco, indimenticato protagonista della calata di braghe che nel 2001 consegnò l’Italia a Berlusconi per un interminabile quinquennio, è riuscito nell’ardua impresa di farsi rimontare. A questo punto mi chiedo: perchè questa insana passione per le minestre riscaldate? Non si poteva concludere che Rutelli, in un modo o nell’altro, a Roma città aveva già dato? Non si poteva avanzare una candidatura vergine? Ebbene, sembra di no. Mi pare lo specchio fedele di un centrosinistra che negli ultimi dieci anni ha febbrilmente cambiato denominazioni e smorzato contenuti senza cambiare di una virgola gli organigrammi. E le sconfitte sembrano non avere nemmeno l’utile effetto collaterale di spedire a casa chi le ha prodotte: per Rutelli c’è già pronto uno scranno al Senato in veste di capolista in Umbria. Temeva forse la disoccupazione? 

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(traducción al castellano del cuento que subí ayer…)

Nadie sabría decir como empezó, y por otro lado es notorio que cuando los problemas, los verdaderos, los gordos, toman conciencia de si mismos y empiezan a manifestarse todos parecen mirar a otra parte, pero la cosa es que, al cabo de diez días, el agua se volvió peluda. No se trataba de los acostumbrados problemas de contaminación sino de vello propiamente dicho, al fin y al cabo comparable al humano, espeso como podría serlo el de un varón de unos treinta años no excesivamente hirsuto. El agua dejaba así de ser, finalmente, límpida y azul, llamativa ilusión que un cínico aparato de propaganda seguía llevando a cabo por sus objetivos siniestros a través de canciones, poemas y folletos turísticos, y se volvía oscura y turbía, ya no tan obvia ni mucho menos grata.

La mutación concernía tanto al agua salvaje de mares, ríos, lagos y charcos como la domesticada y servil de grifos y duchas, sin olvidar la lluvia que, un pelo por cada gota, ahora dejaba las calles cubiertas de una capa finísima y horrible comparable a lo que se puede hallar en el grifo de cada hombre que acabe de afeitarse. Beber y escupir se volvieron lo mismo y unos desprevenidos acabaron incluso yéndose a criar malvas, sofocados por un mechón de vello que no habían conseguido deglutir a tiempo. Ducharse dejaba de ser un placer reconfortante y se volvía un inútil calvario. Los últimos irreducibles bañistas que a un y otro lado del mundo no querían renunciar a la satisfacción de un baño en la mar, salían extraniamente pesados e irreconocibles. Los pocos desdichados que padecían de hirsutismo, mujeres barbudas en primera fila, que hasta entonces habían sido señalados despiadadamente como monstruos, aunque siguiesen teniendo sus problemitas, exultaban al ver por fin al resto de la humanidad obligado a pesar suyo a ponerse en su piel.

Toda costumbre, gesto, juego, comida, superstición o protesta que implicara la presencia del agua fue radicalmente desterrada. Fue entonces cuando todos cayeron en la cuenta de cuanto, aunque en ciertas zonas del mundo siguiese irrespetuosamente escaseando, el agua era en realidad omnipresente.

Alguien especialmente agudo se atrevió a sugerir, provocando la consternación general, que la inimaginable calamidad llegaba a alterar radicalmente la propia concepción que el hombre solía tener de si mismo. Porqué ahora decir que nuestro organismo era constituido por el 75% de agua implicaba admitir que el vello que albergaba dentro de cada uno de nosotros probablemente ya era más del que asomaba por fuera. Que de cierta manera nuestro metabolismo y nuestra alma ya no eran los de antes.

Pero la humanidad, aunque sucia y maloliente, no se dejó vencer por el desaliento. Dejadas momentáneamente aparte, como siempre pasa cuando se pone en duda la propia posibilidad de seguir practicándolas, sus peleas de barrio, religiosas, políticas y económicas, los grandes de la tierra se reunieron en consejo y con la ayuda de la ciencia y de la técnica, esta vez personificadas por un numeroso pelotón de técnicos y científicos, pusieron al problema bajo el microscopio, bombardeándolo de hipótesis con la esperanza de que, agotado, dejase escapar todos los comos y porques que nadie había sabido hallar hasta entonces.

Nunca se pudo remontar a las causas que habían dado lugar a la transformación, que quedaron envueltas en el misterio y fueron sumariamente liquidadas como imprevisibles consecuencias del cambio climático, pero al cabo de poco, fue puesto a punto un milagroso depurador que eliminaba por el 99,9% la repugnante pelusa y que con un esfuerzo desmedido fue instalado en tiempo récord en las casas de todos los que podían permitírselo.

La gran operación, que en palabras de un inspirado periodista consistió en “traer al peluquero al fundamento de la existencia” tuvo éxito y la vida de todos volvió substancialmente a la normalidad, una normalidad frágil, trastornada y precaria como nunca antes, pero nuevamente tal.

Uno de los pocos signos permanentes del cambio fue la elevada tasa de mortalidad que siguió registrándose entre los surferos que, animados por un peligro del que eran perfectamente concientes, con sus tablas seguían montando a las olas a la vieja usanza, es decir a contrapelo, haciendo que al igual que los gatos se impacientaran y se hincharan exageradamente para descabalgarlos, a menudo con éxito. Fue así que muchos monos de neopreno conteniendo a cuerpos sin vida acabaron luciéndose en las lanudas orillas de los mares del mundo. Pero nadie se preocupaba por ellos porqué le ponían tantas ganas a encontrarse con la muerte que no había razón para montar numeritos.

Los demás, ahora obligados a levantarse unos diez minutos antes para poner en el depurador el agua destinado al café del despertar (todavía vivo seguía el recuerdo de los primeros y terroríficos días de emergencia, flagelados por un repulsivo café peludo) observaban melancólicos, los ojos todavía cargados de sueño, el indicador luminoso del propio depurador y silenciosamente rezaban para que todo esto acabara, para que sólo se tratase de una broma de mal gusto, de una de esas pesadillas que en su desarrollo parecen interminables y que en la práctica, no le ocuparían a alguien despierto más que quince, veinte minutos, justo el tiempo de una cómoda pausa café.

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Nessuno saprebbe dire come cominciò, e d’altronde è risaputo che quando i problemi, quelli veri, quelli grossi, prendono coscienza di se stessi e cominciano a manifestarsi tutti sembrano guardare altrove, ma il fatto è che nel giro di più o meno dieci giorni, l’acqua diventò pelosa. Non si trattava dei soliti e già ben noti casi di inquinamento, mucillagine e deprecabile compagnia, ma di pelo propriamente detto, in buona sostanza assolutamente paragonabile a quello umano, folto come può esserlo quello di un maschio trentenne non eccessivamente irsuto. L’acqua smetteva così di essere, una volta per tutte, limpida e azzurra, pacifica illusione che una vasta pubblicistica di canzoni, poesie e depliant turistici continuava ad alimentare per i suoi biechi scopi e diventava scura e torbida, non più così ovvia nè tanto meno benaccetta.

La mutazione riguardava tanto l’acqua selvatica di mari, fiumi, laghi e pozzanghere quanto quella addomesticata e servile di rubinetti e docce, senza dimenticare la pioggia che, un pelo per ogni goccia, ora lasciava le strade coperte di un manto finissimo ed orribile paragonabile a ciò che si può reperire nel lavandino di ogni uomo che si sia appena fatto la barba. Bere e sputacchiare diventarono tutt’uno e alcuni sprovveduti finirono anche per lasciarci le penne, soffocati da un nugolo di peluria che non erano riusciti a deglutire per tempo. Farsi la doccia smetteva di essere un piacere ristoratore e diventava un inutile calvario. Gli ultimi irriducibili bagnanti che a un capo o all’altro del mondo non volevano rinunciare alla soddisfazione di un bel bagno in mare ne uscivano curiosamente appesantiti ed irriconoscibili. I pochi sventurati che soffrivano di ipertricosi, donne barbute in testa, che fino ad allora erano stati additati senza pietà come mostri, nonostante avessero al pari di tutti il loro bel da fare, esultavano vedendo finalmente i il resto dell’umanità costretto suo malgrado a mettersi nei loro panni.

Ogni abitudine, gesto, gioco, pietanza, superstizione o protesta che implicava la presenza dell’acqua ne uscì radicalmente sconvolta. Fu allora che tutti si resero conto di quanto, benché in certe zone del mondo continuasse irrispettosamente a scarseggiare, l’acqua fosse in realtà onnipresente.

Qualcuno particolarmente acuto si azzardò a suggerire, sobillando la generale costernazione, che l’insospettabile calamità arrivava ad alterare radicalmente la concezione stessa che l’uomo aveva di se stesso. Perché ormai dire che il nostro organismo era composto al 75% di acqua implicava ammettere che il pelo che albergava dentro ognuno di noi era probabilmente più di quello che si affacciava all’esterno. Che in qualche modo il nostro metabolismo e la nostra anima non erano più quelli di prima.

L’umanità però, benchè sporca e maleodorante, non si lasciò vincere dallo sconforto. Lasciate momentaneamente da parte, come sempre accade quando si pone in dubbio la possibilità stessa di continuare a praticarle, le loro beghe di quartiere religiose economiche politiche, i grandi della terra si riunirono in consiglio e con l’aiuto della scienza e della tecnica, qui impersonate da un nutrito drappello di tecnici e scienziati, misero il problema al microscopio, bombardandolo di ipotesi nella speranza che sfinito, si lasciasse scappare tutti i perché e i percome che nessuno aveva saputo trovare fino ad allora.

Non si riuscì mai a risalire alle cause che avevano originato la trasformazione, che restarono avvolte nel mistero e furono sommariamente liquidate come imprevedibili conseguenze del cambio climatico, ma in capo a poco, fu approntato un miracoloso depuratore che eliminava al 99.9% periodico la rivoltante peluria e che con uno sforzo enorme ed eroico fu installato a tempo di record nelle case di tutti coloro che potevano permetterselo.

La grande operazione, che nelle parole di un ispirato giornalista consistette nel “portare dal parrucchiere il fondamento dell’esistenza” ebbe successo e la vita di tutti tornò sostanzialmente alla normalità, una normalità fragile turbata e precaria come non mai, però nuovamente tale. Uno dei pochi segni permanenti del cambiamento fu l’elevato tasso di mortalità che continuò a registrarsi fra i surfisti che, stimolati da un pericolo di cui erano perfettamente consapevoli, con le loro tavole continuavano a cavalcare le onde alla vecchia maniera, e cioè contropelo, facendo sì che proprio come i gatti queste si spazientissero e si gonfiassero oltre misura per disarcionarli, spesso con successo. Fu così che molte tute di neoprene contenenti corpi senza vita finirono per fare mostra di sè sulle lanuginose rive dei mari del mondo. Ma nessuno si preoccupava di loro perchè, come si dice, chi è causa del suo mal, pianga se stesso.

Tutti gli altri, ora costretti ad alzarsi circa dieci minuti prima per mettere nel depuratore l’acqua destinata al caffè del risveglio (ancora ben vivo era il ricordo dei primissimi terrificanti giorni di emergenza, flagellati da un ripugnante caffè peloso) osservavano malinconici, gli occhi ancora gravati dal sonno, la spia luminosa del depuratore stesso e silenziosamente pregavano che tutto questo finisse, che si trattasse soltanto di uno scherzo di cattivo gusto, di uno di quei brutti sogni che nel loro dipanarsi sembrano interminabili ma che all’atto pratico non occuperebbero ad una persona sveglia più di quindici, venti minuti, giusto il tempo di una comoda pausa caffè.

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Forse qualcuno riconoscerà nell’intestazione di  questo post il titolo di un romanzo di Thomas Bernhard: e con ragione. Probabilmente la maggioranza istituirà, senza logorarsi troppo le sinapsi, una relazione con la situazione della Sinistra Italiana all’indomani delle elezioni: parimenti corretto.
La Sinistra, nel nostro sciagurato paese, ha fatto la fine del Dodo e di innumerevoli altri simpatici animaletti che, a un certo punto della Storia Universale, hanno perso il loro seggio nel parlamento della fauna terrestre. La speranza è che da qui a cinque anni non se ne parli negli stessi termini dell’Unicorno o del Mostro di Lochness: domandandosi cioè, se in determinate circostanze, in un dato momento, Essa sia esistita davvero.  Labile è il ricordo… 

E comunque, è primavera.

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Non ho ancora avuto modo di specificare che trasmetto queste mie piccolissime note, peraltro appena intraprese, da Barcellona, dove risiedo da un paio di anni. Una logica schiacciante suggerisce quindi che la maggior parte, se non la totalità delle recensioni di concerti che infesteranno queste colonne farà riferimento ad eventi live del capoluogo catalano. Esistono piazze assai più stimolanti per la musica dal vivo, ma questo è un altro discorso.  Riservo ad altro momento una eventuale riflessione approfondita sul delicato argomento.

Questa sera (11-04-2008) sul palco della Sala Apolo (la 2, per gli amanti del dettaglio), al prezzo in odore di furto di euro 13, gli Old Time Relijun di Arrington de Dionyso. Visti sette anni fa a pochi chilometri da casa, avevo progressivamente perso le loro tracce, nonostante il ricordo stupefatto di una prestazione viscerale come poche. Consumai “Witchcraft Rebellion” allora freschissima nuova uscita ed amai intensamente il suo blues isterico, scarno, sgangherato ed ancestrale, evidentemente ispirato – anche se allora non lo sapevo – alle insuperate gesta di Captain Beefheart: poi l’accumularsi dei giorni e dei dischi fece i suoi danni. Le ultime recensioni lette li dipingevano ormai lessi, persi in un bozzettismo irritante ed autoreferenziale. Chissà se è vero: va detto che nel terreno completamente diverso del concerto, i pezzi recenti, portata principale di questa ora e passa di esibizione, facevano la loro porca figura. Abbandonato il sax già da alcuni anni, Arrington si concentra su voce e chitarra; i fiati, affidati ad un personaggio di abbigliamento elegante, si limitano a rifiniture e contrappunti, perdendo buona parte della carica free jazz degli esordi: i pezzi, ad onor del vero, seguono binari leggermente più rock, pur mantenendo inalterato l’andamento, insieme zoppicante e rotolante, che è da sempre la loro cifra stilistica.

Iniziano in sordina, ma sbrigano rapidamente la fase di riscaldamento. Il pubblico recepisce in fretta il messaggio e prende a ballare in modo scomposto. Da lì in poi poche pause, incessante sferragliare di chitarra, rimbombare di contrabbasso, batteria grezza ed efficace a dettare l’incedere sbilenco dei pezzi, che danno la meravigliosa sensazione di potersi sfasciare da un momento all’altro eppure si susseguono senza requie fra rimbalzi, sussulti e singhiozzi. Efficacissima poi la prestazione vocale di De Dionyso, che pur limitando al minimo certi istrionismi dei tempi andati, si conferma frontman di carisma sovrumano, spiritato e versatile.

A fine concerto, dopo un pezzo in spagnolo, uno in italiano dedicato al fottio di cittadini dello stivale presenti in sala, e un bis tiratissimo, si percepisce un genuino entusiasmo fra gli astanti. La certezza è che, anche se la loro formula compositiva è ormai ampiamente consolidata e non può più offrire novità scardinanti, gli Old Time Relijun restano un live act, mi si perdoni il francesismo, coi controcazzi. A dimostrazione di ciò, il sudore copioso di noi tutti. Per dissipare ulteriori dubbi, vi invitiamo a presenziare al prossimo giro.

Myspace

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Mi sono imbattuto nell’ineffabile sito vaticano “Petrus”, dopo avere saputo che Luciano Moggi, ex dg della Juventus, accusato d’associazione per delinquere finalizzata all’illecita concorrenza tramite minaccia e violenza privata” (leggete qui) , era stato assoldato dai curatori dello stesso in veste di commentatore sportivo. Suppongo che un ruolo importante ai fini dell’ingaggio lo abbiano giocato da una parte le immacolate referenze del personaggio e dall’altra la sua più volte sbandierata devozione al Santo di Pietralcina, lo stesso portato agli altari da Karol Wojtila e duramente criticato da gran parte dei suoi predecessori.

Leggere gli stizziti commenti dell’ex Lucky Luciano in un contesto simile, vedere alla voce Approfondimenti” il suo Punto sul Campionato” che fa capolino fra un articolo sulla discussissima conversione al cattolicesimo di Magdi Allam ed uno di più ordinaria amministrazione sul “Matrimonio Crisitiano fondamento della famiglia”, è piuttosto straniante. Sta di fatto che a quelli di Petrus piace tenere il piede in più scarpe, non disdegnando quelle coi tacchetti: hanno contribuito al sito personaggi come Carlo Nesti e Bruno Pizzul, assai più credibili del Moggi, talvolta chiamati a investigare i delicati rapporti fra calcio – o sport più in generale – e fede (…). Dimostrando una certa abilità nel giostrarsi fra le superne cose e le basse sfere della nostrana politica, i vari articolisti, pochini in verità, non fanno sconti a nessuno riservando lo stesso tono arrembante alla caduta del governo Prodi, fermandosi solo un paio di millimetri prima degli insulti gratuiti a una carica istituzionale o a temi più direttamente attinenti alla cura delle anime che sarebbe poi l’affar loro primario.

Fra i vari articoli che ho visionato (ebbene sì. Devo ammettere che si tratta di letture a loro modo avvincenti) ha particolarmente colpito la mia attenzione uno appartenente al filone più strettamente teologico, che ha avuto la non comune capacità di spingermi ad amare riflessioni sulla Società dell’ informazione come la conosciamo. Qui il link.
Lo spigliato uso che si fa dei virgolettati in questo breve testo lo rende vagamente sconcertante. Ora, se io fossi nei panni, in ugual misura bistrattati e adorati, del Principe delle Tenebre avrei definitivamente perso ogni fiducia nelle virtù della libertà di stampa. Che dire, il poveretto rilascia alcune dichiarazioni parziali, in un contesto quasi confidenziale come può essere un esorcismo in una chiesetta qualsiasi – mica aveva convocato una conferenza stampa in piena regola – e questo giornalista di non verificata credibilità raccoglie e amplifica le sue parole, ne manipola abilmente il senso e ci monta sopra un discutibile teorema tutto da dimostrare, pubblicandolo poi su un organo ufficiale del Vaticano.

Insomma, basta con l’uso manipolato delle intercettazioni, basta con lo sputtanamento gratuito (Berlusconi direbbe killeraggio mediatico) di personaggi come il Demonio, che poi, per via della loro delicata posizione pubblica, non hanno modo di difendersi adeguatamente da queste calunnie. Se riuscite a trovare il suo indirizzo e-mail, per favore, scrivete a Lucifero per manifestargli la vostra solidarietà.

Andate in pace (o, se potete, in camporella, lo giudico personalmente assai più proficuo).

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“Per la prima volta dopo la morte di nonna Elizabeth, tornavo a mettere piede in quel solaio perennemente trafitto dal sole. Per la prima volta libero di rovistare a piacimento nei ricordi famigliari, mi ero ben presto imbattuto in scoperte sconcertanti, che la mia cara congiunta aveva sempre procurato di mantenere discretamente nascoste ai miei occhi, appena al di là della barriera dell’immediatamente visibile.

Quel divano, pudicamente occultato sotto una pesante coperta di panno grezzo, ricettacolo di infiniti granelli di polvere, quanti i mondi abitati disseminati nell’universo, era la prova che in quello sperduto casolare del South Yorkshire, da tre generazioni di proprietà della mia famiglia, i marziani vivevano mimetizzati fra gli umani, studiandone le abitudini dalla comoda e dichiaratamente non innocente prospettiva di appartati dirimpeattai. Il diario vergato di pugno proprio dal mio trisavolo Wilfred Leary III, confuso fra gli scaffali di una libreria – allusivamente situata nella parete opposta al divano stesso – non dava adito a dubbi: riparati dalla rassicurante distanza di oltre un miglio dal centro abitato più vicino, gli invasori potevano osservarci senza destare sospetti, orchestrare accuratamente le circostanze delle loro discese al villaggio e, nel contempo, mantenere inalterata l’incommensurabile diversità di usi e costumi che la vita alle latitudini di un pianeta alieno può agevolmente motivare: di foggia inusitata, colori inauditi, proporzioni bizzarre, quell’oggetto, manteneva all’occhio di un osservatore umano, a prezzo di un considerevole sforzo d’astrazione, i tratti e le caratteristiche funzionali di un divano, come oggidì se ne trovano in ogni salotto: e tuttavia c’era qualcosa in quel simulacro domestico di un altro mondo che risvegliava in me una invincibile ripugnanza, il segno di una alterità che non ammetteva conciliazione.

Non sembra che sia sopravvissuto altro reperto della routine casalinga degli alieni: perché? E perché dopo essersi trattenuti per lunghi anni fra noi, almeno mezzo secolo secondo quanto suggerisce il memoriale, se ne erano andati? Quali erano i misteriosi scopi che li animavano e che al momento della partenza si potevano evidentemente considerare esauriti? E soprattutto: potevo essere sicuro che quel passaggio di consegne, quella restituzione ai terrestri di una dimora che a loro apparteneva, avvenuta secondo le leggi dei loro commerci, non veicolasse più oscure possibilità di contaminazione che la mia mente si rifiutava anche solo di contemplare?”

Tratto da Alfred Strange, The Martian Sofa , Sheffield, Mosforth Publishing, 1947, traduzione italiana di Fabrizio Triangoli.

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