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Archive for the ‘cuentos’ Category

El árbol del fuego

(Este escrito breve nació como letra para una improvisación musical del Amigo Pudrificador y Ricardito. Supongo que algún día van a subir la grabación a Youtube. Sucesivamente he refundido el texto hasta conferirle la forma actual. Sobra decir que no tengo ninguna pretensión de corrección botánica. En fase de redacción, a través del omnipresente Wikipedia he descubierto la existencia de este árbol, lo cual comprueba que almenos la metáfora que sustenta el texto existe en naturaleza desde hace unos cuantos siglos. Estrené la versión castellana de este relato en el cabaret literario “Mira tú por donde” organizado por el colectivo Gilles de Rai el 18/04/2013. Aquí se me puede ver mirando una hoja de papel durante diez minutos mientras leo un par de relatos más antiguos –uno y dos– Curiosamente, en el vídeo no sale precisamente éste. Qué le vamos a hacer. Por si las moscas, el original italiano está aquí)

El aire se detiene, más frío, para luego reanimarse, sacudido por el escalofrío del viento: todo lo demás duerme o bien muere. Es entonces cuando el árbol del fuego conoce su fugaz, frenético esplendor, antes de armonizarse con la disipación general de las cosas. Antitético al paciente aguante de las plantas semperviventes, atraviesa la primavera y el verano seco y desangelado, en una condición a duras penas distinguible de la muerte: no hay ni un nido entre sus ramas, ni figura humana en sus alrededores, a la sombra ausente de su inexistente follaje. Absorbe los rayos benévolos del sol, incubando su calor bajo la corteza hasta el verano. Mientras bosques enteros podrían arder en el breve espacio de pocas horas por las llamas favorecidas por la canícula,  rechaza su contagio, como si fuera consciente de la diferencia capital entre accidente y destino. Chispas como brotes anuncian la llegada inminente de la maduración, y con ella, la ruina. Violentas, brotan, y arden las ramas, porque las llamas son su único fruto. Intensamente rojo en los breves y agonizantes momentos de la floración, el árbol del fuego no sobrevive la cumbre de su ciclo vital, y un tronco carbonizado es todo lo que queda de él,  indicando esbelto el cielo, a la espera de las lluvias que van a empapar sus pobres carnes consumidas. El árbol del fuego, maduro, es una hoguera que enciende con sus llamas lozanas el hueco gris otoñal. Y cenizas son su cosecha, inerte.

Las propias formas de su parábola vital -no detectable en las etapas de crecimiento, anodina en el preludio de la floración, efímera en su cumplimiento- no permiten el establecerse de una memoria duradera entre hombres y animales. Tampoco nos es permitido saber cuáles semillas garantizan su continuidad. Por lo tanto, cabe dudar de su propia existencia. Hace unos pocos días, recorriendo con pasos absortos una sala de grandes espejos, mientras debatía con alguien la cuestión, me han insinuado que en realidad se trate de uno de las más atávicas pesadillas de la madera, sugerida a un poeta, un inadaptado o un aspirante a suicida, por una chispa en el aire recalentado por el sacrificio de las ramas. Por lo tanto, me ha recomendado redactar de inmediato esta breve memoria antes de que el olvido volviese a seguir su curso.

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(esta es la version espaniola de un relato corto que escribi hace casi tres anios y que no creia que iba a traducir. Lo que pasa es que los amigos de la revista “Acrocorinto” me propusieron participar en su segunda entrega, cuyo tema es el viaje, y surgio la idea de traducir este texto adaptando algunos elementos del contexto, por ejemplo los lugares mencionados, para el lector espaniol. Lo mas complicado ha sido mantener la imperfecta ortografia del original en la nueva version. En este sentido, quiero agradecer a Edmar una larga llamada en Skype donde estuvimos un buen rato mirando imagenes de teclados de paises exoticos con tal de encontrar una solucion satisfactoria que nos permitiera juntar muchas faltas de ortografia en espaniol. Aqui podeis encontrar la revista y disfrutar de su bonita maquetacion, ademas de su rico contenido. Y bueno, al final estoy tan satisfecho con el resultado que me da mas gusto mantener la ortografia incorrecta incluso en esta nota introductoria. Disfrutad de la lectura, de Acrocorinto y del cuento)

Hola.

Estaba pensando, justo antes de empezar a escribirte, que es posible que este mail ni siquiera lo leas. No, no estoy pensando en la papelera, una inmotivada confianza me anima a creer que, por lo menos por curiosidad, acabaras echandole un vistazo a estas pocas palabras imprevistas. El problema es otro. Quien me asegura que en todo este tiempo tu no hayas cambiado direccion? Y si me viera el mensaje rebotado que? Bueno, intentare arrojar la piedra de cualquier manera: prometo desde ahora no apartar la mano.

Oye, voy al grano: te escribo despues de todo este tiempo porque de vez en cuando vienen a verme fantasmas. Metaforicamente hablando, claro esta, creo que aun no estoy totalmente chiflado. Por un conjunto de razones y casualidades que no tengo la mas menor intencion de explicarte si recibir antes una respuesta tuya, me he largado de Espania. Hace poquito, mira. A saber si alguien te lo comento, asi, de rebote, igual yo ahora estoy aqui escribiendote y sin saberlo ya se me fue al traste el efecto sorpresa Pero hagamos como que no te has enterado. Entonces, yo voy a hacerme un poquito el misterioso, te voy a decir que estoy en un pais relativamente lejano, donde aun no conozco a nadie y donde no entiendo una mierda, o mejor dicho, donde no conozco a nadie tambien porque no entiendo una mierda (e ingles chapurrean poquito). Tan solo escribir con este teclado misterioso, oracolar, con los acentos escondidos no se donde es toda una proeza (y para uno ocmo yo, que incluso los mensajes del movil los escribo con puntuacion plena… mejor dejemoslo, ojala me arreglen rapido el portatil).

Y entonces, como estoy aqui, solo, (todavia) exiliado en la incomunicabilidad a pesar de los cursos de lengua gratis, vienen a verme fantasmas (me doy cuenta de que me he ido un poco por las ramas, perdon). Para encontrar algo familiar en mi entorno, llego a ver cosas que, lo se perfectamente, no estan. Que bueno, creo que le pasa a todos aquellos que de golpe y porrazo se encuentran en un ecosistema extranio. Por ejemplo, el otro dia estaba en una tiendecita tipo paki, tratando de descifrar una hortaliza tan verde como misteriosa y de repente aparecio Carmen guardando cola en la caja con apenas una red de cbollas. Desde luego no era ella, salvo prueba contraria se donde vive, pero como te decia mi cerebro aun no se ha recuperado de la desubicacion masiva al que le he sometido y procura guiarse sembrando, por lo poco que pueda servir, detalles conocidos en este infinito mar de ignoto. El domingo pasado tambien: estaba volviendo de una suerte de excursion en las afueras, todo solito, y al bajarme del tren, entre todo el barullo que puede haber a esa ora, oigo claramente la voz de la locutora anunciando, por encima de toda sospecha “Sabadell, estacion de Sabadell”. Creo que se comente solo. Y bueno que estuve yendo regularmente a Sabadell durante muchos anios, pero desde que lo deje con Nuria, no lo volvi a pisar, me falto una razon fuerte para tragarme  todos esos kilometros asi como asi…

Y bueno, nada, solo queria decir que en todo este vaiven inmaterial de cosas y personas tal vez, tal vez, me acorde de ti, de ese famoso viaje a Irlanda y de tu esmerada obra de clasificacion de las incontables cervezas locales Entonces intente reconstruir por que llevamos anios sin hablarnos, y me parecio un trabajo de arqueologos, mientras en cambio recuerdo perfectamente Irlanda o, para hacer otro ejemplo, todas las tardes y noches que nos pasamos sudando en el local de ensayo No se, quiza la distancia, en el espacio mas aun que en el tiempo, puso en cero todas las cuentas pendientes que todavia creia que tenia. Quiza, ahora que estoy aqui, mantener un comportamiento ofendido me parece perfectamente inutil. Por esto acabo de intentarlo: en el caso de que no me contestes, yo no tengo nada que perder, no van a haber tragicas repercusiones para mi orgullo herido, porque todo lo que paso para mi ya es material de archivo.

Entonces oye, sin compromiso: espero una respuesta tuya, sintetica tambien, y si te parece luego te envio una postal con el mas esplendoroso panorama de la ciudad que pueda conseguir, asi que puedas formarte una idea. Unos dias de vacaciones puedes tomartelos? O crees que voy demasiado de prisa? Sea como sea, de entrada, aqui no vuelan todas las companias del mundo mundial pero algo por un precio mas que razonable se puede conseguir.

Bueno, basta ya, para variar he hablado demasiado. Tu ten paciencia y cuidate.

J.

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(Traduzco este cuentito, ya bastante antiguo, con tal de pagar una deuda de inspiración al que siempre me revisa las traducciones, el pinche wey David. Gracias)

Ha llegado una carta para ella, entre otras, claro. Cada día es una diluvio postal que por lo general acaba en la nada. Si realmente todas las personas indicadas en los sobres siguiesen viviendo aquí, este piso sólo sería una sala de espera para el aire libre. Entro y saludo a Nicola, totalmente volcado en la realización de una pasta con atún. Me anuncia seráfico que ha tenido un día de mierda y mientras le invito a detallar más, sin ni siquiera quitarme el abrigo, atravieso el pasillo, dirigiéndome rápidamente hacia la habitación vacía. Entro y dejo el sobre en la mesa, Nicola como un ruido de fondo, una cola en la secretaría, va contando, encima de un montoncito que alterna los preimpresos del banco con cartas escritas a mano con letra deliciosa, procedentes de Alemania. Miro a mi alrededor y noto que su poster de los Cure amenaza seriamente con descolgarse, una de las esquinas cuelga ya en el vacío. Y al final me toca volver el jueves por la mañana concluye Nicola en cuanto vuelvo a la cocina. Echa un poco para mí también, le digo como respuesta, cenamos juntos. Estamos solos: el Mapache esta noche iría al cine con una tía, Carla se queda en Sicilia hasta el domingo y luego, por supuesto está la habitación vacía.  En seis meses que llevo aquí, a ella, la habré visto dos o tres veces, no más. Su ausencia es una compañía agobiante. Ha entrado poco antes que yo, conocida de conocidos, y tras un par de meses sin esforzarse demasiado en dialogar, ha empezado a latitar. Le paga el alquiler al Mapache, transferencia bancaria ordinaria, con un retraso quirúrgico de dos o tres días. Nosotros, mientras tanto, sacamos la pasta de nuestro bolsillo, el Mapache va a la casa del dueño que en negro nos brinda cobijo y salda cuentas. Podríamos echarla, pero no está nunca. El ligero pero persistente retraso en los pagos nos justificaría: y sin embargo cuando aparece, acabamos evitándola. Ya no sabemos qué decirle. Entonces le digo a Nicola, mientras me zampo métódicamente mis espaguetis, anoche soñé con ella. Él asiente. Probablemente compensa de esta manera su prolongada ausencia de la realidad. En el sueño nos proporcionaba explicaciones por fin detalladas y luego, sin temblores, pagaba el alquiler en efectivo. Pero el dinero de mis sueños, no hace falta decirlo, vale tanto como el del Monopoly. El problema es que, por poco que se hable de ella, siempre queda sobrentendida.  Y en efecto Nicola me pregunta: ¿quieres más pimentón? aunque resulte evidente que los dos tenemos la cabeza en otra parte. Sí, sí, contesto, y mientras tanto echo un vistazo superfluo al pasillo.

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(Sigo agradeciéndole la colaboración al pinche wey David… Thanks again!)

El verano es largo y aunque vayamos a la playa sólo lo estrictamente indispensable, es difícil creer que en cierto momento las cosas dejarán de tener el color agobiante de la canícula que ahora las inunda y volverá el otoño. Quizás ha pasado esta noche. Hemos seguido durante días las huellas del bochorno que se iba disolviendo a cámara lenta, adecunado nuestro guardarropa a los altibajos de ese seguimiento, con el antiguo estoicismo de los jubilados veteranos: hoy por la mañana, al despertar, me has dicho que tenías la nariz fría. Frío en la nariz , eso has dicho y yo he pensado, articulando mientras tanto una respuesta que pudiese mitigar tu malhumor, que a mediados de agosto, casi siempre resulta imposible imaginar la próxima navidad sin hacer un considerable esfuerzo de abstracción, que a cada entrada de la primavera, nos comportamos como las cigarras, que el año pasado casi no se llegaron a escuchar. Piensa qué bonito, te decía mientras tanto, las sopas humeantes que nos vamos a comer al cabo de un tiempo, y aumentaban en mí las ganas de desayunar, junto con la sensación de no estar solucionando en absoluto tu frío.  Este año también, ponderaba mientras tú no contestabas, tenemos todo el otoño para aprender, desde el principio, el invierno. Igual no te preocupes, reanudé mientras tú te dirigías en silencio hacia la ducha: esta noche vamos a poner la manta gruesa, a ver si sale el calor otra vez.

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(gracias al pinche wey David por su valiosa revisión. ¡A huevo!)

La lluvia temprano por la mañana se filtra en los sueños que a esas horas se ruedan en mi cráneo. Es como si todo estuviera protegido por un tejado de paja pero, al levantar la cabeza, veo sobre mí un desmesurado cielo azul tenue, primaveral, embebido de esa luz que sólo hay al comienzo de la tarde, estriado de nubes blancas vacías de lluvia. Hasta donde alcanza la vista, todo alrededor, un campo de trigo, y apenas más allá, quizás, un caserío. El aire está impregnada por una extraña tibieza casi agresiva y, sin embargo, el ruido persiste, húmedo. Estúpidamente pienso que debe de haber alguna tubería rota que gotea no sé dónde, pero tal y como falta un tejado, así no hay paredes, es objetivamente ridículo imaginar cañerías hundidas en ese mar azul, ocultas en profundidad como arterías y no al ras del agua como venas. Estas reflexiones, se lo digo a quien me escuche mientras duermo, por si lo estuviese haciendo, no sé dónde están, son como notas al pie de la página,  subtítulos al sueño que leo sin necesitar leerlos, allí siguen sin por eso interrumpir su incierto devanarse, ahora atenazado por calambres guionísticos: en todo caso, irrazonablemente salidas de la nada para explicarme alguna que otra cosa, podrían desaparecer, supongo, de golpe. De repente recuerdo haber aparcado la bici en un canal al margen del campo y sin preguntarme por qué me había alejado, cuestión ligeramente prescindible, decido ir a por ella. Oigo como un ruido de lluvia que no promete nada bueno, tal vez truene, tal vez tenga que apurarme a recuperar la bici y volver para casa de carrera. Pero luego toco el manubrio y casi quema, y recuerdo que el sol está completo y que también, probablemente, algo falta en los archivos de mi memoria. Quizá si lo siguiera, el ruido quiero decir, encontraría alguna respuesta interesante: pero, ¿cómo voy a poder seguir algo que, como el aire, está en todas partes? A falta de otra cosa, vuelvo a llevar la bici, una antigualla que ni siquiera sabía que poseía, en la senda. Empiezo a pedalear y percibo con todo el cuerpo que cuando la primavera empieza a seguir su curso no hay nada mejor en el mundo, que podría seguir durante horas: pero el camino es significativamente más corto, y se agotaría mucho antes. Me dirijo, cada vez más rápido, según decisión intempestiva tomada no más tarde que hace treinta segundos, hacia el caserío. Quizá, me digo, allá se anide el ruido, sirva de confirmación el hecho de que, a cada metro que devoro, se hace más insistiente. Lo que a estas alturas espero es abrir la puerta y encontrar, en el propio perímetro del caserío, una tormenta hecha y derecha e incluso algún desaventurado cobijándose con un paraguas. Bajo de la bici: pero abro los ojos, más acá del sueño, ya recuerdo que estaba soñando, y acabo de despertar. Digo en voz alta, resuelto a tomarme el pelo a mi mismo, la frase que, en este momento, solían decir en docenas de pelis un tanto enmohecidas. Es evidente que fuera está lloviendo. Tengo que hacer pis, acaso sea la apremiante sugerencia de la lluvia. Voy al baño y, tratando de aprovechar ese barniz de irrealidad que reviste los primerísimos minutos tras el despertar, compongo un par de escenitas para engancharlas a mi sueño, que ha quedado inacabado, pero, por supuesto, el intento no funciona. El pis, en cambio va muy bien, y termina incluso más pronto que la senda de campo que acabo de recorrer durmiendo. En la terraza, mientras tanto, la lluvia batiente ha anulado la colada que había puesto a secar ayer por la tarde. Estoy de mala leche, el cielo, lívido, me recuerda que ya casi estamos en las antípodas de la primavera. No me queda otro antídoto que volver a dormir. Al menos hoy, eso sí, es domingo.

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Los bolsillos descosidos

¿Sabes? Acabo de perder las llaves en la calle, por eso he tocado el timbre: eso le digo, ahora se lo digo. He llegado a la puerta, rutinaria pesquisa de los bolsillos, y me he dado cuenta, contrariado sólo hasta cierto punto (pero la frase va a quedar oculta para siempre en el capaz doble fondo de mi cabeza) porque habían alzado el vuelo: y no sabiendo, las llaves, volar, deben de habérseme caído. Sí, ya sé que es peligroso perder las llaves así, por la calle, pero créeme, no va a entrar ningún malintencionado. Una llave suelta en la acera es como una respuesta sin preguntar. Y en todo caso, estaba a punto de decirte, no ha sido en aquel momento cuando acepté, muy a mi pesar, el plan de emergencia de tocar el timbre: ante la puerta que seguía cerrada, interrogativa o indiferente, tal vez ambas las cosas, he dado marcha atrás y he ido inspeccionando al revés mis pasos hasta llegar a la puerta de la panadería, escrutando la acera, considerando sus grietas anónimas con la resignación de un quiromántico que se ve obligado a sacar alguna proyección de futuro de un puño cerrado. Se habrán caído cerca de un árbol, uno de esos arbolitos cutres encajados en su cuadradito de tierra oscura, quién sabe. Quién diablos sabrá por qué  los plantan, tienen toda la pinta de malas justificaciones, excusas sin pies ni cabeza, esas breves interrupciones en el cemento no le engañan a nadie. Tú en cambio, tuviste claro enseguida que te estaba tomando el pelo, procurando mientras lo hacía, entender cómo hacerlo, como a la espera de un manual de instrucciones… Te habías enterado de que te traicionaba, ¿verdad? Soy un mentiroso principiante, al fin y al cabo, y la práctica continua no me ha mejorado mucho. Igual no sabía cómo explicártelo, así que elegí el camino de la mentira mal actuada: el mensaje parece haber llegado igualmente. Y ahora podría decirte, o tal vez no, tal vez no te diga nada de todo esto, que perder las llaves ha sido un despiste providencial: así no tendré que devolvértelas por última vez. Y cuando he entrado en casa, con el pan ya frío en la mano , me he sentido como si me asistiera la razón aunque estuviese equivocado. Esa baguette ha sido la última cosa en el mundo que me ha otorgado el derecho a entrar en esta casa. Mañana me voy como corresponde y, no, ya lo tengo claro, no te debo ninguna explicación. Ya son todas superfluas. El pan lo dejo donde siempre, ¿no?

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Más y menos

(Gràcies a en Jordi per la revisió. Merci, home!)

“Podemos contar con innumerables descripciones de lo que acostumbramos a llamar más allá, todas ellas discrepantes entre si. Sin llegar a poner en duda la buena fe de estos testimonios, que tienen la única culpa de habernos detallado sin fraude lo que les apareció a sus autores, es razonable concluir que cada una de éstas se conforma con describir nada más fragmentos puntuales de un conjunto mucho mayor, cuyas verdaderas fronteras nos quedan ocultas: y por otro lado, invirtiendo los papeles, podríamos suponer que un habitante del más allá al que se le haya borrado toda memoria de su existencia terrenal, dudaría en reconocer los desiertos y los óceanos, lo yermo y lo fértil, como elementos pertenecientes al mismo entorno.

Al contrario, hay muy poco sobre esa tierra individual y provisional, esa corta temporada que sin embargo lleva en si el rastro invisible de las dos o tres eternidades que ocurrieron antes, que es lo que precede al nacimiento. Nadamos en una espera que no reconomos como tal y mientras tanto nos vamos haciendo pequeños. A diferencia del más allá, se trata de un universo menudo, restringido y manifesto y, acaso por ello, mucho más misterioso. No llegamos a conservar recuerdos de ello, o así nos parece, y luego, cuando a lo largo de los años el ensueño nos trae imágenes de esa época tan lejana, las confundimos con ilusiones, absurdos espejismos cuyo origen desconocemos. Desde afuera nos miran y esperan a que nos incorporemos al mundo, y tampoco saben nada. Conforme vamos acercándonos al instante cero estamos cada vez menos allá y vamos perdiendo conciencia de que, tal vez, ese mundo linda con el que nos espera después y de que, restándole el uno al otro, el menos al más lo que obtenemos es esta vida que no acabamos de entender.”

(fragmento de una novela completa con la que soñé anoche y que igual, lamentablemente, ya se me olvidó por completo. Las palabras que acabais de leer las encontré, tal como las he mencionado, en la almohada. Puedo conjeturar que se me hayan escapado del oido al igual de un hilo de baba que sale por la boca)

 

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